Memorias de un Enterrador. Libro Primero. 10.

Francisco Belmonte. Escritos, novelas, poemario, desvaríos...

…Y la viuda no lloraba, pero tenía la mirada más triste y apesadumbrada que había visto en mi vida.

Y creo que la tenía porque acababa de perder su casa junto con su marido.

Y porque tendría que irse del cementerio.

Los hijos, sin embargo, no transmitían nada. Parecían totalmente vacíos, vacuos, profilácticos.

Tendríamos que haber tapado la caja de Moisés durante el sepelio.

Había reventado, y la capilla era pequeña, y la gente que la abarrotaba consumía el oxígeno, y las toses y carraspeos denotaban que las últimas filas ya se habían percatado, cuánto más los que estábamos al lado.

Además, el cura, en su mundo, senil, pensaba que si en lugar de una, nos metía dos horas de misa, significaría que quería más al difunto y que percibiría un cepillo mayor, como el que tiene un amigo tras la barra y le pone los combinados tan cargados que…

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