Memorias de un Enterrador. Libro Primero. 8.

Francisco Belmonte. Escritos, novelas, poemario, desvaríos...

Nunca se había parado un entierro.

Y mi primer día sólo llovía.

Bueno, diluviaba.

Pero sólo diluviaba.

No caían obuses.

Ni nadie nos disparaba a traición.

Así que salí del cuarto, tras mis valientes y orgullosos compañeros, y nos encaminamos al final del aparcamiento, a la explanada que hacía las veces de plazoleta de recepción de difuntos, desde donde los distribuíamos a casi todos los patios excepto a los situados a ambos lados de la carretera, que serpenteaba desde el portón doble de hierro de la calle, hasta el centro de esa explanada como un intercambiador de carrozas fúnebres.

Allí, tras sacar las coronas, centros y ramos de flores que viajaban en la trasera del coche funerario, flanqueando y sobre el féretro, muchas veces metidas a presión, y llevarlas al crucero del patio principal llamado de san … , regresamos para colocar el pobre difunto en su habitáculo de virutas…

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